Hay lugares que no decepcionan aunque hayas visto mil fotos antes de llegar. Machu Picchu es uno de ellos. Enclavada a 2.430 metros sobre el nivel del mar en la cordillera de los Andes peruanos, esta ciudadela inca fue construida en el siglo XV y permaneció oculta al mundo occidental hasta 1911, cuando el explorador estadounidense Hiram Bingham la redescubrió guiado por campesinos locales.

Una ingeniería que desafía el tiempo
Lo que más asombra de Machu Picchu, además de su ubicación espectacular, es la precisión de su construcción. Los Incas levantaron más de 200 estructuras —templos, residencias, terrazas agrícolas y canales de agua— encajando piedras de granito de toneladas sin usar mortero, con una precisión tal que ni hoy podría pasarse una hoja de papel entre ellas. El complejo resistió siglos de terremotos gracias a una técnica sísmica que los arquitectos modernos todavía estudian.
Cómo llegar
La forma más famosa de llegar es a través del Camino Inca, un trekking de cuatro días que recorre 43 kilómetros por la selva y los Andes hasta llegar al amanecer a la Puerta del Sol con la ciudadela en el horizonte. Pero también se puede llegar en tren desde Cusco hasta Aguas Calientes, el pueblo al pie de la montaña, y desde allí en bus o a pie hasta la entrada. Las entradas son limitadas y es imprescindible reservar con meses de antelación.
Un Patrimonio que hay que proteger
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983 y una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, Machu Picchu recibe alrededor de un millón y medio de visitantes al año. El reto es equilibrar el turismo con la preservación de un sitio arqueológico único e irreemplazable, algo que el gobierno peruano aborda con límites de aforo y regulaciones que se han ido endureciendo en los últimos años.
