Marrakech es una explosión de los sentidos. La ciudad imperial del sur de Marruecos, conocida como «la ciudad roja» por el color de sus edificios, es uno de esos destinos que te atrapan desde el momento en que atraviesas las puertas de la medina y te sumerges en el laberinto de sus zocos. Colores, olores, sonidos y sabores que no encontrarás en ningún otro lugar del mundo.
La Medina: perderse es el plan
La medina de Marrakech, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un laberinto de callejuelas estrechas donde tientas de especias, talleres de artesanos, zapatería, tintorería y mezquitas se suceden sin orden aparente. Perderse en ella no es un problema: es el plan. Cada esquina esconde un riad (casa tradicional con patio interior), una fuente antigua o un artesano que trabaja la madera, el cuero o el cobre de la misma manera que lo hicieron sus abuelos.
La Plaza Djemaa el-Fna es el corazón palpitante de la ciudad: de día, encantadores de serpientes, músicos y contadores de historias. De noche, cientos de puestos de comida que llenan el aire de humo y aromas de tajines, brochetas y harira (sopa tradicional).
Los palacios y jardines
El Jardín Majorelle, creado por el pintor Jacques Majorelle y posteriormente restaurado por Yves Saint Laurent, es uno de los jardines más bellos del mundo: un oasis de cactus exóticos, estanques y ese color azul intenso que lleva el nombre de Majorelle. El Palacio Bahia del siglo XIX y las ruinas del Palacio El Badi son imprescindibles para entender la grandeza de los sultanes marroquíes.
La cocina marroquí: un festín de sabores
El tajín de cordero con ciruelas y almendras, la pastilla (pastel de paloma o pollo con especias), el cuscús del viernes, los bastillas de pescado y los dulces de miel y sésamo componen una cocina que es, al mismo tiempo, sofisticada y confortante. Tomar el té de menta en un café con terraza sobre la Djemaa el-Fna al atardecer es uno de los grandes placeres del viajero.
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