Hay lugares en el planeta que no necesitan presentación, que hablan por sí solos con su inmensidad y su silencio. La Patagonia es uno de ellos. Compartida entre Argentina y Chile en el extremo sur del continente americano, esta región de más de un millón de kilómetros cuadrados es sinónimo de paisajes que cortan el aliento: torres de granito, glaciares milenarios, lagos de color turquesa imposible y una soledad salvaje que pocas regiones del mundo pueden ofrecer.

Torres del Paine: la joya de la Patagonia chilena
El Parque Nacional Torres del Paine es posiblemente la postal más icónica de toda Sudamérica. Sus tres torres de granito que se elevan abruptamente sobre la estepa, los Cuernos del Paine y el glaciar Grey conforman un escenario que parece sacado de una película de fantasía. El famoso circuito «W» es uno de los trekkings más populares del mundo, pero incluso quienes no son aficionados al senderismo quedan maravillados con el paisaje desde la carretera.
El Calafate y los glaciares argentinos
Del lado argentino, El Calafate es la puerta de entrada al Parque Nacional Los Glaciares, hogar del imponente Glaciar Perito Moreno. A diferencia de la mayoría de los glaciares del planeta, el Perito Moreno no está en retroceso: avanza varios metros al día y periódicamente su frente colapsa en el lago en un espectáculo de sonido y furia que atrae a miles de visitantes cada año.
Cuándo y cómo visitarla
La mejor época para visitar la Patagonia es entre noviembre y marzo, el verano austral. Los días son largos y las condiciones climáticas más favorables, aunque el viento es una constante con la que hay que contar. Se puede llegar en vuelo desde Buenos Aires o Santiago de Chile, y la experiencia completa —entre trekking, avistamiento de fauna y glaciares— requiere al menos diez días para hacerle justicia a la región.
