Ecuador, que durante décadas fue considerado un oasis de paz en una región conflictiva, se ha convertido en los últimos tres años en uno de los países más violentos de América Latina. La tasa de homicidios supera los 40 por cada 100.000 habitantes en 2026 —similar a la de Honduras o México en sus peores momentos— y el crimen organizado controla amplias zonas del territorio nacional.
¿Cómo Ecuador llegó hasta aquí?
La crisis tiene raíces profundas. El país se convirtió en un corredor estratégico para el tráfico de cocaína producida en Colombia y Perú. Las bandas locales —Los Lobos, Los Choneros, los Tiguerones— que antes eran organizaciones menores se convirtieron en tentáculos locales de cárteles mexicanos y colombianos, especialmente el Jalisco Nueva Generación y disidencias de las FARC.
La debilidad del Estado —corrupción, pobreza, falta de inversión en seguridad— facilitó esta infiltración. Las cárceles, históricamente mal gestionadas, se convirtieron en centros de poder criminal donde se ordenaban asesinatos y extorsiones desde adentro.
La respuesta del presidente Noboa
El presidente Daniel Noboa declaró el estado de conflicto armado interno en enero de 2024 y desplegó las fuerzas armadas en las calles y cárceles. Las imágenes de soldados tomando el control de prisiones y centros de reclusión dieron la vuelta al mundo. La medida tuvo un efecto inmediato en los índices de violencia, que bajaron temporalmente, pero el crimen se adaptó y la violencia regresó.
En 2026, Noboa ha profundizado la estrategia: más militares en las calles, nuevas cárceles de máxima seguridad en islas remotas y mayor cooperación con Colombia y Estados Unidos en materia de inteligencia. Los resultados son mixtos.
El costo en libertades civiles
Las organizaciones de derechos humanos denuncian abusos en las operaciones de seguridad: detenciones arbitrarias, uso desproporcionado de la fuerza y condiciones inhumanas en los centros de reclusión. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha emitido varias medidas cautelares en favor de presos.
Ecuador está en una encrucijada: ¿cuánta libertad está dispuesto a sacrificar en nombre de la seguridad? Es una pregunta que resuena en toda la región.
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